Posada Carriles regresa a casa
Por Jesús Arboleya
Luis Posada Carriles está en Miami. El gobierno de Estados Unidos se debate ante el problema de aceptarlo y asumir el descrédito que ello supone para su política antiterrorista o rechazarlo y enfrentar el descontento de sus compinches en Miami, con la amenaza de que salgan a flote los trapos sucios de su compromiso histórico con el terrorista de origen cubano.
Hasta ahora, la política ha sido cerrar los ojos y la boca. Hasta que el hombre no se “entregue”, podrá seguir disfrutando de los placeres de su televisada vida clandestina en Miami. Extraño privilegio, en un país donde cada mañana, junto al parte del tiempo, el gobierno informa del grado de peligrosidad que tienen las calles.
A decir verdad, Posada siempre ha estado en Miami. Sino su cuerpo –aunque no ha dejado de dar uno u otro viajecito- ha estado su alma. Miami es el habitat natural de su especie y la sombra del terrorismo nunca ha abandonado la ciudad. Ni siquiera después del fatídico 11 de setiembre, cuando muchos pensaron que armas y explosivos iban a ser enterrados con premura en los Everglades, para evitar la represión que parecía inevitable y que en realidad sido brutal en todo el mundo, salvo en Miami.
El mal es genético. Con el fin de combatir al régimen revolucionario cubano, el propio gobierno norteamericano convirtió a la ciudad en base de operaciones de una de las redes terroristas más grandes del mundo. En los terrenos de la Universidad de Miami se estableció la única estación de la CIA, autorizada a funcionar dentro del territorio de Estados Unidos. Los métodos de una institución concebida para violar las leyes de otros, terminaron aplicándose contra las leyes propias. Con la excusa de esta guerra, las autoridades devinieron cómplices de todo tipo de fechorías y un clima de impunidad prevaleció sobre la sociedad.
Si la guerra contra Irak ha sido la guerra contra el terrorismo, la guerra contra Cuba ha sido la guerra del terrorismo, ese es el dilema que simboliza Posada. En Miami se desarrollaron los más sofisticados dispositivos de terror, explosivos de guerra se pusieron al acceso de cualquiera, los terroristas se entrenaban en público, las embarcaciones piratas entraban y salían libremente por los embarcaderos y un montón de negocios e instituciones fantasmas fueron creadas para servir a los comandos de la muerte.
Tal infraestructura extendió sus servicios a la América Latina. La “Operación Condor” tuvo un componente cubanoamericano y Pinochet utilizó a los terroristas cubanos para asesinar a sus enemigos políticos, incluso en Washington, como fue el caso de Orlando Letelier y la joven norteamericana Ronni Moffitt. Siempre había alguno disponible para las tareas sucias, Félix Rodríguez enseñaba a torturar en Bolivia, mientras Posada Carriles lo hacía en Venezuela. Ambos fueron entrenados por la CIA en Fort Benning en 1962, de este grupo también formó parte Jorge Mas Canosa y otros muchos “históricos” miamenses.
No tardó mucho para que algunos utilizaran la pericia y los contactos adquiridos con el fin de llevar a cabo todo tipo de negocios ilícitos. Las comunicaciones de los delincuentes se establecieron mediante plantas de tiro rápido y los killers miamenses adquirieron un alto valor en el mercado. Sobre todo, porque contaban con “patente de corso” otorgada por el gobierno más poderoso del mundo. Bancos y bufetes fantasmas dejaron de serlo cuando ampliaron sus servicios al crimen organizado y, gracias a la CIA, Miami se convirtió en un centro internacional para el tráfico de armas y drogas.
No estoy exagerando, nadie puede negar que Miami ha sido una ciudad asediada por el terrorismo. En la década del 70, el propio Congreso norteamericano la consideró como una ciudad en estado de guerra y se dedicaron sesiones especiales a analizar el problema. Para fines de este período, los terroristas de origen cubano habían realizado más de 150 atentados dentro del propio territorio norteamericano, la mayoría en Miami. La acción de los legisladores no pasó de la exhortación a la tregua, no se levantó bandera roja, pero la preocupación no dejó de ser significativa.
El terrorismo sirvió para imponer la “causa” contrarrevolucionaria a toda la comunidad cubana. Por años, los grupos contrarrevolucionarios han vivido de las “donaciones” de empresarios y comerciantes. En 1979, el jefe de la policía de Miami declaró ante el Senado: “Algunos grupos cubanos aparentando estar involucrados en actos terroristas contra el gobierno cubano –lo cual parece que consideraba correcto- no son más ni menos que criminales que se alimentan de la población cubana y desvían los fondos recaudados para sus propios intereses”.
Cualquiera que haya pretendido alejarse de las posiciones fundamentalistas de la extrema derecha -incluso los llamados moderados- ha sido objeto de atentados o ha tenido que vivir con el temor de que lo despedace un bombazo o le peguen un tiro en la cabeza. Esto explica porque existen tan pocos “moderados”.
Cuanto ha hecho falta, estos métodos se han desplazado hacia la política local. La ultraderecha miamense no deja de recordar quienes son y lo que son capaces de hacer. Lo mismo matan a un tipo, que se roban las urnas de las elecciones. Son peligrosos y nadie quiere problemas con ellos. No por gusto, se cree que fueron los que asesinaron a Kennedy.
Una parte de los medios de comunicación forma parte de la red de violencia e intimidación y, salvo excepciones, el resto no se atreve a denunciar este estado de cosas. Incluso cuando se condena al terrorismo, se hace de manera genérica y se presenta a los terroristas mediante fórmulas lingüistas edulcoradas. No son terroristas, sino “combatientes anticastristas”, lo que implica una complicidad subliminada.
Estos medios saben que la mayoría de comunidad cubanoamericana no apoya el terrorismo. Nadie en su sano juicio desea compartir con Posada Carriles el Festival de la Calle Ocho. Pero el instinto de conservación aconseja guardar una saludable discreción sobre estos asuntos. En el oeste gana el que saque más rápido y la mayoría de estas personas no fueron entrenadas por la CIA, no son amigos de Bush, ni tienen información que asuste al gobierno de Estados Unidos.
Antes de criticarlos, les recomiendo que averigüen cuántos terroristas están presos en Miami. Posada sabe que las cárceles de esa ciudad no están inventadas para él, al gobierno de Estados Unidos le sería más fácil mandarlo al infierno. Esa es otra posibilidad, Posada no es el único bailarín de esa comparsa.
No hay páginas parecidas a esta.
Esta página fue modificada por última vez el 4 de abril, 2008 a las 13:55.
Todos los contenidos están disponible bajos los términos de la licencia Creative Commons.