El general Romero pretendió endurecer aún más la dictadura en vez de flexibilizarla. Lo único que consiguió fue quebrarla. Su mandato presidencial, inaugurado en 1977 tras un escandaloso fraude electoral, se desgastaba muy rápidamente. Los escuadrones de la muerte ensangrentaban el país sin acallar las protestas populares. La guerrilla se fortalecía.
Romero resistía cualquier diálogo. Estados Unidos se impacientó. Dio luz verde a un golpe de Estado. Los acontecimientos se precipitaron. Eran varios los grupos con preparativos golpistas. A inicios de octubre la inteligencia norteamericana desmontó la intentona de golpe ultraderechista que desde el propio Ministerio de Defensa se venía fraguando. Pero no alcanzó a impulsar su propio golpe con los jefes militares que tenía controlados a través de la CIA. Se le adelantaron los jóvenes oficiales que en su rechazo a la corrupción y represión imperantes habían contactado con fuerzas del Foro Popular, a fin de concretar un programa democratizador. Ante los hechos consumados, lo más que consiguió la Embajada fue colocar algunas de sus piezas en el nuevo gobierno resultante. Estados Unidos tendría en Abdul Gutiérrez y Guillermo García a sus mejores aliados para no perder el control de la situación.
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