En una declaración que pinta de cuerpo entero a los stronistas recalcitrantes, el antiguo torturador Lucilo Nicolás Benítez, apodado "Kururu Pire" o "Piel de sapo", afirma en tono cuidadosamente estudiado que él no se arrepiente de nada y que jamás torturó a preso alguno en dicha época. Cándidas palabras destinadas a impresionar a jueces incautos. Más de un lector o lectora se preguntará quién es este personaje que parece haber vivido en otro país en las últimas tres décadas. Miles de ex presos políticos y sus familiares lo saben muy bien. Demasiado quizá. Sobre los cuerpos de muchos de ellos quedan aún los rastros de las feroces sesiones de tortura a las que fueron sometidos. Los gritos, la sangre y las lágrimas de muchas de estas víctimas pueblan las paredes del lóbrego ex Departamento de Investigaciones sobre la calle Presidente Franco. "Tengo la conciencia limpia" dirá, con la misma desfachatez del "moderador" Ramón Aquino. A lo largo de esos años, uno tuvo la posibilidad de conocer a muchas de estas víctimas, en las calles, en reuniones, en ese antro de torturas. Yo sé que todo lo que ellas afirman es verdad. Sencillamente, porque viví la misma experiencia que ellas, al ser detenido y conducido en 1977 junto a otros compañeros del Movimiento Independiente a los calabozos de Investigaciones. La "bienvenida" en mi caso estuvo a cargo del comisario Alberto Cantero, por entonces director de Asuntos Políticos, en cuyo despacho fui torturado por Lucilo Benítez, tejuruguái en mano, hasta que sangrara la espalda, mientras sonreían y se burlaban de quien osaba ser un opositor. Lo mío no fue, con todo, un trato exagerado para la época. En los pasillos y en otros calabozos existían presos brutalmente torturados, pileteados durante días y días, por Lucilo Benítez, Camilo Almada, Agustín Belotto, Juan Martínez y otros especialistas en tratos crueles, inhumanos y degradantes. Ni las mujeres embarazadas se salvaban, como Celsa Ramírez, la valiente esposa de Derlis Villagra, quien, a pesar de sus siete meses de embarazo, no despertó lástima en estos verdaderos miembros de la Gestapo criolla, como los nombra en su reciente libro Pepa Kostianovsky.
Lucilo Benítez, al igual que todos sus jefes y los líderes de la militancia stronista, como los Montanaro, Jacquet, Chiola, Abdo Benítez, parecen haber vivido en otro país. En ese "país divino" del que hablaba Sotero Ledesma, el ex cepillero de la CPT. Y que se manejaba con una fórmula muy sencilla diseñada por Alfredo Stroessner: "Para los amigos todo, para los enemigos palos". Para unos las prebendas, los cargos públicos, los contratos de Itaipú y Yacyretá. Para los otros, la persecución, el exilio, la cárcel. Y hasta la muerte. Que es el caso de los 250 detenidos-desaparecidos, cuyos familiares hasta hoy no logran saber dónde están los restos de sus seres queridos. Por eso, Lucilo Benítez y otros no merecen sentimientos de lástima como tampoco de venganza. Merecen todo el peso de la ley.
Fuente: Tomado de Última Hora
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